“Me llegó a mi correo una hermosa tarjeta de una mujer. Luego de tres años de tratamiento, estaba muy emocionada porque finalmente pudo tener un orgasmo”, indicó Millheiser, directora del Programa de Medicina Sexual para la Mujer de la Universidad de Stanford.
Millheiser fundó el programa hace tres años, cuando notó un aumento en el número de mujeres que buscaban ayuda para tratar alteraciones sexuales.
El reciente interés de las mujeres en su salud sexual, indicó, fue un imprevisto efecto secundario de la mayor innovación médica en ese campo inventada para los hombres: la disponibilidad del Viagra desde hace 10 años.
Las mujeres a las que les de daba pena hablar de sexo se volvieron más audaces luego de la introducción del Viagra. Comenzaron a buscar información en internet o a acercarse a sus ginecólogos. A veces se trataba simplemente de mujeres postmenopáusicas tratando de seguirle el paso a sus excitados esposos, pero para millones de mujeres, el Viagra puso en la mesa de discusión un asunto fundamental de justicia, indicó Millheiser.
“Surgió el Viagra y de pronto el sexo estaba presente en todas partes pero nadie se preocupó por las mujeres”, afirmó Millheiser. ''Las mujeres se preguntaban ‘si mi esposo o pareja tiene una pastilla, ¿por qué yo no?’”.
Un estudio realizado en Estados Unidos entre más de 3 mil hombres y mujeres encontró que 31% de los hombres reportan disfunción sexual. En los hombres, el problema sexual más común es la disfunción eréctil, la cual según estudios, afecta a una tercera parte de los hombres mayores de 40 años.
En las mujeres, los problemas son más variados pero generalmente se dividen en cuatro categorías: falta de deseo, dificultad para excitarse, dolor durante el coito e incapacidad de alcanzar un orgasmo.
En el Centro Stanford, investigadores están analizando algunos medicamentos que podrían ser algún día el equivalente del Viagra para las mujeres.
María, de 35 años, mencionó que nunca disfrutó especialmente el sexo y durante la mayor parte de su vida asumió que “simplemente no era una persona sexual. Si lo hacía, era por mi marido”, refirió María, quien pidió no mencionar su apellido. “No lo estaba disfrutando”, dijo.
Su falta de disfrute sexual se agravó luego de que naciera su hijo, cuando comenzó a experimentar dolor durante el coito.
Sin embargo dejó pasar tres años antes de comentarlo con su ginecóloga, quien la envió con Millheiser. En pocos meses, María estaba viendo a una terapeuta física especializada en trastornos de la pelvis y coito doloroso. Después de cinco o seis meses, trató de volver a tener sexo. “Nunca había tenido buen sexo y de pronto estaba gritando ‘oh sí, sí”, dijo María riendo.
El reto de recibir tratamiento para la disfunción sexual comienza en los consultorios, indican doctores. La mayoría de los médicos no están capacitados para atender alteraciones sexuales y, por lo tanto, nunca le preguntan a las mujeres sobre su vida sexual.
“Es igual a lo que sucede con otras enfermedades. Si no preguntas sobre tal afección, nunca oirás hablar de ella”, afirmó Tracy Flanagan, directora de un centro de salud en California.
No existen muchos tratamientos disponibles y tampoco medicamentos para tratar la disfunción sexual en las mujeres, aunque los médicos pueden utilizar hormonas y anestésicos para aliviar el dolor.
La Administración de Medicinas y Alimentos rechazó en 2004 un parche de testosterona llamado Intrinsa que está diseñado para incrementar la libido en las mujeres que ya están en la menopausia.
Sin un equivalente al Viagra para las mujeres, los doctores dependen en gran medida de la terapia física y emocional para tratar la disfunción sexual.
Entre las causas más comunes de la disfunción sexual está la menopausia. El problema se puede agravar cuando las mujeres pasan de los 50 o 60 años y sus esposos comienzan a tomar Viagra.
Una pareja que se había adaptado a los cambios en su vida sexual puede encontrarse de pronto con un cambio abrupto - y a veces doloroso- de intereses, señaló la doctora Louann Brizendine, directora de la Clínica Hormonal para las Mujeres de la Universidad de California en San Francisco y autora del libro El cerebro femenino.
Traducción: Gabriela Cornejo